(De hombres y ratones) John insistía en hablarme en papiamento porque estaba convencido de que, si fa no fa, venía a ser castellano. De nada hubiera servido decirle que le entendía mejor en su lengua nativa, el inglés, o incluso en holandés, una de sus muchas lenguas adoptadas, que en aquel incomprensible galimatías de papagayo mejicano, porque John estaba decidido a practicar el español conmigo peti qui peti. John era negro, segurata y anarquista. Tenía un niño pequeño y si encontrábamos un ratón blanco lo metía en una cajita para llevárselo al crío. Desafortunadamente, ningún ratón sobrevivió más de una hora en la caja, porque estaban llenos de veneno y por más que les diésemos palomitas y les hiciésemos agujeritos en la caja para que pudiesen respirar y les dijésemos cucadas en varias lenguas, se morían lo mismo, quemados por dentro, repletos de arsénico.
Cuando John se paseaba nonchalanmente por las salas, exhibiendo su enorme cuerpo negroide, que es básicamente en lo que consistía su trabajo, siempre se paraba a ejercitar su “español” conmigo y platicaba sobre extrañas filosofías que bien podrían haber sido aristotélicas, si las hubiese entendido, con una sonrisilla de superioridad injustificada, préstamo seguramente de sus muchos años en Holanda. Y de repente me veía ahí, en toda la intensidad de mi exuberante miseria, barriendo y partiéndome la espalda a trabajar para un patrón ajeno, y la sonrisilla holandesa se le perdía en los vericuetos de la larga y sufriente historia de su pueblo, o de cualquier otro pueblo sufriente, que parecen ser los más, y decía muy compungido: -Wabi señorita no hubere trebare sin. Wabi más, vaya terug a Espania e latilati buenísimo trebar.-¿Wat?-Je moet terug naar Spanje. Find yourself a good job and a good life. ¿Don’t you see they’re sucking the life out of you?-Ze betalen en ik leer Nederlands. ¿Das toch eerlijk?-You don’t owe them a thing!
Y lo decía de verdad, y yo seguía trabajando con redoblado ahínco, porque da esperanza, aún cuando finges que eres quien no eres, que alguien se preocupe por ti y por los tuyos, que son también los suyos, y aunque no pudiese decírselo, me daba fuerzas saber que éramos dos lobos solitarios luchando en el mismo bando. Porque yo estaba en misión secreta, en training, en comatoso estado de observación, y no podía revelarle mi auténtico cometido. Y mientras él robaba ratones, yo robaba paraguas. Un día John ya no vino. Quizá lo habían trasladado a otra parte, o quizá lo peor –¿habría ejercido la sociedad su derecho supremo sobre el individuo, declarando sus servicios innecesarios?-. En su lugar vino otro segurata blanco y republicano. Un día el rostro pálido me acompañó en mis tareas y no pude reprimirme más. Le pregunté que cómo era posible que tuviese ese trabajo sin ser negro.
Creo que no llegó a darme una buena respuesta. Creo que, si lo hubiese hecho, me acordaría. Lo se porque siempre me acuerdo de las cosas sin importancia. Por ejemplo me acuerdo del primer sueño que tuve, en el cual yo iba en una bici azul hacia un cementerio y un oso enorme me arrancaba la cabeza. Y eso fue hace diecisiete años. Y ya ves, eso no tiene ninguna importancia, pero igual soy yo, que me parece que las cosas insignificantes son las más bellas, o igual es simple incapacidad para recordar lo relevante, porque ocupa demasiado espacio y si no te acuerdas siempre puedes preguntarle a otra persona, porque los demás siempre lo saben todo, dios mío, que no entiendo cómo, sabiendo tanto, hacen tantas estupideces.