Apenas conocía a Cho. Un coreano tímido y agradable. Aunque al final (y odio la expresión “al final”) celebramos todos juntos la navidad en su casa y bebimos y brindamos por “the homeless ones”, y comimos platos asiáticos y británicos y brasileños, y bebimos sangría, y levantamos nuestros vasos en la soledad compartida de los que viven un bonito secreto, y jugamos con la nieve azul de las vacaciones holandesas, y ¡qué frío hacía!, ¿te acuerdas? Que jugábamos a lanzarnos bolas de nieve, y la playa estaba blanca y desierta, y luego se colapsaron todas las líneas de tren, justo después de que te fueses tú -ya se podían haber colapsado antes, digo yo, y así te hubieses tenido que quedar conmigo- y nos quedámos todos solos mirando caer la nieve, viendo película tras película, terminator 1 y 2 y 3 y robocop y miedo y asco en las vegas y bebiendo vino y comiendo pasta enlatada. Pues así me acuerdo de Cho: entre el frío y el hogar, luchando todos juntos el sentimiento de pérdida acelerada. Pero no puedes luchar contra el final.
-por eso es digo a veces que no sabéis nada, joder, porque no tenéis ni idea, ni idea, de la belleza de esas últimas soledades tan tristes que ya no son ni tristes, de los extraños reunidos compartiendo la nada inevitable, id lejos y entended la dimensión más salvaje de la soledad, y entonces volved y hablad, si es que aún tenéis voz, que puede ser que la perdáis por el camino, entonces hablad, que me ponéis nerviosa con vuestras opiniones de manual, me ponéis nerviosa con vuestras experiencias de chucho migratorio, es que nadie os ha dicho que la experiencia es inversamente proporcional al número de peronas con las que se comparte, es que no os dáis cuenta de que hay que enfrentarse al miedo para vencerlo, un cara a cara con tus miedos más profundos, joder, si, el miedo que habita en ti y al que le tapas la boca en tus borracheras de picoteo, en tus bromas rasposas, pero qué le dirás al silencio, cuando no haya nadie más para escucharte, tendrás también una inteligente réplica dispuesta para ahuyentarlo?-.
Ayer Cho cumplió su promesa, promesas de esas que nunca se cumplen, y me mandó un regalo. Y por qué habrías de mandarme un regalo, extraño con quien he debido compartir menos de 3 horas de mi vida, y por qué no, me dices, si somos amigos. Y tenías razón, somos amigos, de esos que nunca hablan ni hablaron, y nunca se reencuentran, ni se encontraron, excepto un par de recuerdos únicos, amigos de película y me mandas una película en edición de lujo de 150 euros y la haces cruzar el mundo, ya ves, ni mis amantes en su mejor día, ni mis pocos amigos en su mejor momento, ni mis padres, ni yo misma, yo tampoco mando estas cosas, y me quedo perpleja, porque me has ganado, si, porque creía que volvía ya y aún estaba yendo, porque ahora voy a tener que pensar en un regalo que mandarte, porque, oye, ¿no te habrás enamorado de mi, no? porque una vez más la diversidad cultural me gana la baza.
Tu sabes cuánto me gustan las películas. Encontramos un tema común hablando de pelis coreanas -por fin, hablándolas con un coreano auténtico, parecía que todo tenía más sentido-, y sabes cuánto, cuánto, me había enamorado de holanda hasta el punto de ponerme a llorar tocando un trocito de país, y tu también, no es cierto, tu también la querías, y quizá más porque sabías que jamás volverías con ella. Todos queremos lo que tiene lo que queremos. Pero no estés triste, me dijiste, siempre nos quedará daisy.
Daisy es una película coreana que me apuesto el meñique izquierdo a que ni el gerard, oh, voy a decir más, ni el iván pintor, han visto. Yo tampoco: la tengo delante de mi, invisible, en NTSC, desafiando mi dvd europeo. Pero no cundirá el pánico: en la universidad hay sistemas. Daisy es una película con una de las peores críticas que pueda recibir un film coreano: un pastelón emocional con director y actores de prestigio filmado en Amsterdam/Haarlem. Se pueden meter las críticas por donde mejor les quepan todos los que jamás han estado solos en Amsterdam o en Haarlem, porque los que lo hemos estado sabemos que la soledad y el amor en holanda son mucha soledad y mucho amor. Y todos los que habéis estado y habéis amado o deseado o soñado…pues os dejo Daisy. Con versión Director’s Cut incluída.
Será pastelón, seguro, será un drama griego-coreano con tulipanes, si, ¿y qué? O es qué no habéis deseado jamás ser héroes y vivir historias de amor sin igual, y sacrificarlo todo, apostarlo todo, darlo todo.
Pues eso. Que aún no he visto Daisy, pero que tengo muchas, muchas ganas. Dank je wel lieve Cho!