Junto las manos para que la pequeña brasa que alimento no se apague con la lluvia o con el viento, miedo me da que con sólo pensar “va a apagarse” sea como el “no pienses en el oso blanco”, igual que cuando te dije que el motivo por el que en el cuento de The Tell Tale Heart el protagonista debía confesar a gritos su crimen era el peso de su propio pensamiento: porque no puedes ocultar lo único que debes ocultar.
Por eso me da miedo que al pensar, va a apagarse, la llama comience a descender y me abandone. Y tengo que abrazarla con todas mis fuerzas con estos dedos helados y arbóreos porque lo único que me importa es que siga ahí. Porque sin esta llama no soy nada. Yo no tengo vuestros talentos espectaculares, yo no se hacer oro del plomo ni conozco el elixir de la vida eterna, yo no se dar un si por un no, no se mezclarme ni conjurar una tormenta de imágenes a mis pies, no se crear fuegos artificiales en los ojos.
Y mientras intento explicar un cuento de Navidad de mi para nadie, intento recordar cómo hacer para que dos palabras sean más que dos palabras, el óxido chirría en mis dedos pegados como membranas de pez, oh si, repetición, oh si, aliteración, oh si, paradigma, metáfora, comparación, y mi preferida, el palimpstemo, la llama brilla un poco más y mis dedos se hielan un poquito más, sólo un poquito más para escribir un cuento de Navidad.
Y envidio vuestros talentos fulgurantes mientras mis dedos se van convirtiendo en pedazos de olvido, y admiro vuestras horas, vuestras risas, vuestro todo, mientras de mi corazón van saliendo los brotes de las raíces que no pude echar en el suelo y me suben por la garganta las palabras que no quise dejar salir y se me hacen flores en la laringe y aún y ya no puedo respirar.
Escribiré un cuento de Navidad. Nadie sabe leer ya, pero escribiré un cuento de Navidad. Para demostrar que en la época de la electricidad todavía puede brillar una llama.