Esos perros están diseñados para oler las substancias alucinógenas y/o explosivas (la redacción de este panfleto panfletario no lo tiene claro). Que estén programados para abalanzarse sobre los ilegaláceos lo entendemos –consiste simplemente en adiccionar el can a esa sustancia en concreto, entiéndase, son canes felizmente cocalisérgicos o heroínocanábicos-; es por esto que el can de la ley reacciona ante el olor del ilegaláceo y sale disparado a velocidades lunáticas hacia la fuente bipedomorfa. Por fortuna la santa democracia piensa en todo y ha provisto a los canes de la ley, azotes del narcotraficante, de sus correspondientes bozales de diseño para evitar bajas colaterales entre los bípedos transeúntes del sistema metropolitano. Así, el can legal, correctamente bozalizado y segurizado, puede -con la eficacia característica de los lacayos del poder judicial- asaltar al bípedo narco sin causarle heridas que puedan ser presentadas como pruebas atenuantes durante el consiguiente proceso jurídico. Y aunque no se han realizado estudios sobre el posible trauma que podría tener que sobrellevar el sujeto en cuestión al verse derribado por tal temible (y peluda) fuerza canina, bozalizada o no, estamos seguros de que el gobierno español sabe lo que se hace. Al fin y al cabo –nos aseguran fuentes fidedignas que desean permanecer en el anonimato- estos canes legales son entrenados en las mejores universidades norteamericanas, hablan perfecto inglés y poseen, en fin, una experiencia encomiable en el sector de la seguridad ciudadana que ya quisieran para si algunos honorables doctorandos que jamás frieron un huevo. Los bozales, asimismo, son diseñados anualmente por prominentes figuras del mundo de la moda española, y rumores acreditados nos aseguran que ya está en las tiendas especializadas la nueva versión, firmada por Gárgara Ruiz de
la Estrada. De
la Estrada delineó los bozales cuidadosamente para que contribuyeran a reducir el (no demostrado) “riesgo postraumático del traficante”, pues estudios universitarios han demostrado (esta vez si) que la visión de elementos naturales tales como flores, tallos, pájaros, y –hasta cierto punto- diversos astros celestes tiene efectos beneficiosos en condenados a muerte (fuente: New Sock Prestwood University).
Por otra parte, no sabemos nada sobre el entrenamiento que reciben los canes legales encargados de perseguir a los (presuntos) terroristas, ni siquiera si son, como en efecto bien podría ser, los mismos canes legales que se encargan de las detenciones de narcotraficantes pillados en posesión de estupefacientes, idiotizantes y agilipollantes varios. Aprovechamos la ocasión para difundir en este espacio público que The Real Spanish Academy recomienda siempre el uso del adjetivo “presunto” cuando nos referimos al sustantivo “terrorista”, no así cuando utilizamos la palabra “narcotraficante” (o, en su defecto, “camello”, acepción segunda del libro quinto). Esto, que a primera vista puede parecer incongruente o incluso paradójico, es en realidad muy fácil de comprender una vez se ha alcanzado la noción de que, obviamente, todos aquellos en posesión de, digamos, 20 quilogramos de substancias narcóticas son, evidentemente, traficantes, puesto que, en efecto, trafican estas substancias de un lugar a otro, mientras que de todo aquel detenido con, digamos, 20 quilogramos de explosivos, puede con seguridad afirmarse que los trafica, pero no que los terroriza. Ergo.
La importancia global de estos factores relativamente diminutos, sin embargo, no debe menospreciarse. Así, el aumento presencial de leyes caninas, digo, de canes leales, legales y reales, es síntoma evidentísimo que la santa democracia de España se encomia y ufana en pretender estar (o incluso, efectivamente, estar) a la caza del traficante y/o (presunto) terrorista. Si esto se hace solo con fines publicitarios o no es algo que la redacción de este panfleto panfletario desconoce; sin embargo parece lógico suponer que mantener a una flota de canes legales es un gasto lo suficientemente considerable para que en efecto, los canes no sean simples funcionarios sino que efectúen un trabajo real. Por otra parte, dado el elevado número de funcionarios humanos en el Reino de España, los redactores no pueden confirmar la veracidad de la anterior conjetura. Sin embargo, también hay que tener en cuenta la complejidad que una operación puramente publicitaria conllevaría, tanto a nivel de relaciones públicas intra y extra autonómicas como a nivel de satisfacción personal del can legal. Y pese a todo, para el propósito intrínseco de este panfleto, consideraremos válida la primera conjetura, es decir, que la santa democracia pretende en efecto incrementar sus niveles de eliminación de traficantes y/o (presuntos) terroristas, no tratándose pues de ningún ardid publicitario ni de ningún error administrativo.
Es lógico pues suponer que el incremento de medidas anti narcotráfico y/o anti- (presunto) terrorismo responda a un incremento real del susodicho narcotráfico y/o (presunto) terrorismo. También pudiera ser que el (presunto) aumento del susodicho narcotráfico y/o (presunto) terrorismo fuese asimismo otro (presunto) ardid publicitario por parte de los susodichos narcotraficantes y/o (presuntos) terroristas. Sin embargo, una vez más, no profundizaremos en esta hipótesis, por lo demás perfectamente válida. Cabría preguntarse por qué la santa democracia presenta de repente tanto interés en desmontar simultáneamente el negocio del narcotráfico y el negocio del (presunto) terrorismo –con el consiguiente gasto en canes legales que esto representa, especializados cada can en un tipo de narcótico y/o explosivo e incluso pudiera ser –¡lenin no lo quiera!- en un tipo distinto de (presunto) terrorista-. Pues es conocido que narcotráfico y (presunto) terrorismo son negocios complementarios de los cuales se nutren diversos órganos (digestivos) de los funcionarios del gobierno (de qué gobierno, eso ya es otra historia)…
Pag. 187-186 de La sociedad cerrada: disquisiciones, del capítulo El can Cerbero: puertas de la modernidad, Jorge Cornelio Bustamante. Ediciones Paneta, 1996, Barcelona.