Arxiu de Gener, 2007

El Can Cerbero: puertas de la modernidad

Dilluns, 29 Gener 2007

Esos perros están diseñados para oler las substancias alucinógenas y/o explosivas (la redacción de este panfleto panfletario no lo tiene claro). Que estén programados para abalanzarse sobre los ilegaláceos lo entendemos –consiste simplemente en adiccionar el can a esa sustancia en concreto, entiéndase, son canes felizmente cocalisérgicos o heroínocanábicos-; es por esto que el can de la ley reacciona ante el olor del ilegaláceo y sale disparado a velocidades lunáticas hacia la fuente bipedomorfa. Por fortuna la santa democracia piensa en todo y ha provisto a los canes de la ley, azotes del narcotraficante, de sus correspondientes bozales de diseño para evitar bajas colaterales entre los bípedos transeúntes del sistema metropolitano. Así, el can legal, correctamente bozalizado y segurizado, puede -con la eficacia característica de los lacayos del poder judicial- asaltar al bípedo narco sin causarle heridas que puedan ser presentadas como pruebas atenuantes durante el consiguiente proceso jurídico. Y aunque no se han realizado estudios sobre el posible trauma que podría tener que sobrellevar el sujeto en cuestión al verse derribado por tal temible (y peluda) fuerza canina, bozalizada o no, estamos seguros de que el gobierno español sabe lo que se hace. Al fin y al cabo –nos aseguran fuentes fidedignas que desean permanecer en el anonimato- estos canes legales son entrenados en las mejores universidades norteamericanas, hablan perfecto inglés y poseen, en fin, una experiencia encomiable en el sector de la seguridad ciudadana que ya quisieran para si algunos honorables doctorandos que jamás frieron un huevo. Los bozales, asimismo, son diseñados anualmente por prominentes figuras del mundo de la moda española, y rumores acreditados nos aseguran que ya está en las tiendas especializadas la nueva versión, firmada por Gárgara Ruiz de

la Estrada. De
la Estrada delineó los bozales cuidadosamente para que contribuyeran a reducir el (no demostrado) “riesgo postraumático del traficante”, pues estudios universitarios han demostrado (esta vez si)  que la visión de elementos naturales tales como flores, tallos, pájaros, y –hasta cierto punto- diversos astros celestes tiene efectos beneficiosos en condenados a muerte (fuente: New Sock Prestwood University).
 

Por otra parte, no sabemos nada sobre el entrenamiento que reciben los canes legales encargados de perseguir a los (presuntos) terroristas, ni siquiera si son, como en efecto bien podría ser, los mismos canes legales que se encargan de las detenciones de narcotraficantes pillados en posesión de estupefacientes, idiotizantes y agilipollantes varios. Aprovechamos la ocasión para difundir en este espacio público que The Real Spanish Academy recomienda siempre el uso del adjetivo “presunto” cuando nos referimos al sustantivo “terrorista”, no así cuando utilizamos la palabra “narcotraficante” (o, en su defecto, “camello”, acepción segunda del libro quinto). Esto, que a primera vista puede parecer incongruente o incluso paradójico, es en realidad muy fácil de comprender una vez se ha alcanzado la noción de que, obviamente, todos aquellos en posesión de, digamos, 20 quilogramos de substancias narcóticas son, evidentemente, traficantes, puesto que, en efecto, trafican estas substancias de un lugar a otro, mientras que de todo aquel detenido con, digamos, 20 quilogramos de explosivos, puede con seguridad afirmarse que los trafica, pero no que los terroriza. Ergo.  

La importancia global de estos factores relativamente diminutos, sin embargo, no debe menospreciarse. Así, el aumento presencial de leyes caninas, digo, de canes leales, legales y reales, es síntoma evidentísimo que la santa democracia de España se encomia y ufana  en pretender estar (o incluso, efectivamente, estar) a la caza del traficante y/o (presunto) terrorista. Si esto se hace solo con fines publicitarios o no es algo que la redacción de este panfleto panfletario desconoce; sin embargo parece lógico suponer que mantener a una flota de canes legales es un gasto lo suficientemente considerable para que en efecto, los canes no sean simples funcionarios sino que efectúen un trabajo real. Por otra parte, dado el elevado número de funcionarios humanos en el Reino de España, los redactores no pueden confirmar la veracidad de la anterior conjetura. Sin embargo, también hay que tener en cuenta la complejidad que una operación puramente publicitaria conllevaría, tanto a nivel de relaciones públicas intra y extra autonómicas como a nivel de satisfacción personal del can legal. Y pese a todo, para el propósito intrínseco de este panfleto, consideraremos válida la primera conjetura, es decir, que la santa democracia pretende en efecto incrementar sus niveles de eliminación de traficantes y/o (presuntos) terroristas, no tratándose pues de ningún ardid publicitario ni de ningún error administrativo. 

Es lógico pues suponer que el incremento de medidas anti narcotráfico y/o anti- (presunto) terrorismo responda a un incremento real del susodicho narcotráfico y/o (presunto) terrorismo. También pudiera ser que el (presunto) aumento del susodicho narcotráfico y/o (presunto) terrorismo fuese asimismo otro (presunto) ardid publicitario por parte de los susodichos narcotraficantes y/o (presuntos) terroristas. Sin embargo, una vez más, no profundizaremos en esta hipótesis, por lo demás perfectamente válida. Cabría preguntarse por qué la santa democracia presenta de repente tanto interés en desmontar simultáneamente el negocio del narcotráfico y el negocio del (presunto) terrorismo –con el consiguiente gasto en canes legales que esto representa, especializados cada can en un tipo de narcótico y/o explosivo e incluso pudiera ser –¡lenin no lo quiera!- en un tipo distinto de (presunto) terrorista-. Pues es conocido que narcotráfico y (presunto) terrorismo son negocios complementarios de los cuales se nutren diversos órganos (digestivos) de los funcionarios del gobierno (de qué gobierno, eso ya es otra historia)… 

Pag. 187-186 de La sociedad cerrada: disquisiciones, del capítulo El can Cerbero: puertas de la modernidad, Jorge Cornelio Bustamante. Ediciones Paneta, 1996, Barcelona.

Caminos

Dimecres, 24 Gener 2007

Peggy era una Tea y veía los caminos, los suyos y los de los demás, extenderse ante ella como regueros de fuego, iluminando la noche. Así lo contaba Scott Card en Alvin Maker –será mormón, pero es bueno, eh-. Peggy decía que el futuro no era nunca algo claro, sino una telaraña de caminos probables, un leitmotiv de infinitas variaciones. Y a cada elección, más y más caminos desaparecían, para dar lugar a uno solo, pero fulgurante, que finalmente se convertía en una única línea de fuego directa hacia la explosión final. Para cuando la explosión –la muerte, se entiende- llegaba, ya era demasiado tarde para predecir nada. Así lo descubrió la misma Peggy, para gran trauma suyo, cuando fue incapaz de predecir la muerte de su propia madre.  A los demás, que no somos teas ni torches, y que no podemos predecir el futuro, no nos queda más opción que seguir valientemente hacia delante (adelante, siempre adelante, plus ultra, further beyond) esperando ver los remolinos y las corrientes a tiempo para sortearlos como mejor podamos (‘tis not over till it’s over…). Os preguntáis, ¡cuántas veces no habré escapado a la muerte sin ni siquiera darme cuenta! Y recordáis aquellas veces en que sí os disteis cuenta -¿demasiadas? ¿calculáis el porcentaje?- llenos de pavor. Pero escapar a la muerte es bueno, si, lo es. Yo escapé tres veces a la muerte (que yo sepa, claro) y pensar en ello me da un poco de risa, mariposas en el estómago, chispitas en la cabeza. Qué bien, me digo, y a continuación me pongo a buscar más páginas en Internet que me den la solución que busco. ¡El gobierno no puede nada contra mi, porque escapé a la muerte! ¡Jo-jo! Por eso llevo siempre el signo ese que os hace tanta gracia, para recordarme a mi misma que al alcance de la mano tengo un souvenir que me dice, vivirás eternamente. Y aunque los entendidos en materia creáis que es el signo de la muerte (asociación neil-gayesca) en realidad la paradoja está en que es justo lo contrario…¡es el signo de la vida, la muerte lleva al cuello el signo de la vida! Y cuando los trámites burocráticos se hacen demasiado espesos, o cuando los idiomas no me alcanzan, como ahora, o cuando no entiendo un horario de trenes, o no contestas a mis mensajes, cuando no doy la talla, cuando no se qué escribir, cuando me siento sola y abandonada, dejada de la mano de dios (si, van god los, así se dice), godforsaken, o dejada de mi propia mano, cuando me miro al espejo y no veo la forma triunfante de mis sueños sino la personificación de mis pesadillas en esta imagen de un yo débil, un yo patético, yo sin recursos, yo perdida y yo atontada en la inmensidad de los arrecifes europeos, cuando todo esto se me acumula debajo de los ojos, es un acto sinusíticamente reflejo, me llevo la mano al cuello et voilà, me siento un poco menos vulnerable y un poquito más valiente (es un símil del “resplandor” de la historia interminable, que decía en su reverso, “haz lo que quieras”…). Y hago lo que quiero. 

Porque los símbolos tienen poder, el poder que nosotros mismos les damos. Y mientras me decís que “pseee” con la cabeza, vais guardando todos esos objetos inservibles a vuestro alrededor, el peine roto que me compré en aquél sitio, la factura del primer café al que me invitaste, una palabra que me inventé mientras pensaba en ti…oh si, cajas y cajas de objetos guardamos, y creemos que es falacia decir que podemos darle poder a un objeto, mientras ellos nos arrebatan poder a nosotros cada día, y nosotros, en nombre de la bienamada memoria, lo permitimos con benevolente sonrisa. Pero todo volverá a ir bien. Porque si no, no tendría ninguna gracia. Las puertas se abrirán otra vez lo justo para dejarte pasar de estranquis. Las palabras vendrán a ti. La burbuja volverá a enseñar tus sueños. Los mensajes serán contestados. Entenderás los horarios de trenes. Te reirás mucho y te acordarás con dulzura de los días en que te sentiste sola. Seguirás yendo adelante hasta el próximo obstáculo. Conocerás nuevos amigos increíblemente nuevos y te acordarás con placer de los poquitos que aún te esperan y te preguntarás con retintín si estos también durarán, o no, o cuánto. Cuáles desaparecerán en la niebla y cuáles no. El reloj irá marcando el tiempo, y el tiempo será bueno, bueno mientras tengas un libro, un diccionario o un gato en tu regazo, con la lluvia en la ventana, bueno mientras una toalla calentita te espere al volver de una excursión nocturna por estas calles que nunca acabarás de conocer. Bueno mientras ves una película y lloras, protegida por la oscuridad apestosamente aterciopelada. Bueno mientras te espero en el aeropuerto o en la estación de tren, y llego siempre muchos minutos antes, a veces incluso una hora antes, para simplemente sentarme y esperar a que vengas sabiendo que vendrás. Esperar, bueno, pensar, bueno, ayunar, bueno. Pasearás por estas calles que son más tuyas porque nunca fueron tuyas, tuyas porque un día tú les dijiste, “shh, es un secreto, me pertenecéis y os pertenezco”. Dejarás que la lluvia del norte te haga cosquillas mientras te acuerdas de las tormentas del sur, y te reirás, porque la lluvia del norte te trae noticias de su hermana sureña, y todo va bien. Y soñarás con el fin del mundo, cataratas de agua salada e inundaciones, diques rotos y gente chillando, bebés en los tejados, y sonreirás porque no puedes decirle a nadie lo maravilloso que es pensar en todo esto mientras rezas para que pase mientras aún eres joven y te quedan fuerzas para nadar, e imaginas las historias que pasarán, y las haces tuyas, y cuando te preguntan, en qué piensas, podrás decir “en el fin del mundo” y nadie te creerá. 

Y serás feliz, aún más feliz que ahora. Porque los que andan su propio camino son felices. No los que se quedaron a esperar que algo cambiase, pero si los que esperan a alguien en las estaciones de tren. Porque un día escogiste, y el dolor de tu elección y todo eso que dejabas a cambio de una oportunidad para volar, te hizo nacer alas de sangre coagulada. Y hasta cuando eres más feliz, sientes siempre el dolor de lo perdido. Pero cuando más triste estás, también tienes el placer de todo lo ganado. Y siempre ríes, y siempre lloras. Y te sientas a escribir paridas mentales, y disfrutas pensando en lo mucho que se van a aburrir los que lo lean.  ¡Haz lo que quieras!

A.