Caminos

By engatussada

Peggy era una Tea y veía los caminos, los suyos y los de los demás, extenderse ante ella como regueros de fuego, iluminando la noche. Así lo contaba Scott Card en Alvin Maker –será mormón, pero es bueno, eh-. Peggy decía que el futuro no era nunca algo claro, sino una telaraña de caminos probables, un leitmotiv de infinitas variaciones. Y a cada elección, más y más caminos desaparecían, para dar lugar a uno solo, pero fulgurante, que finalmente se convertía en una única línea de fuego directa hacia la explosión final. Para cuando la explosión –la muerte, se entiende- llegaba, ya era demasiado tarde para predecir nada. Así lo descubrió la misma Peggy, para gran trauma suyo, cuando fue incapaz de predecir la muerte de su propia madre.  A los demás, que no somos teas ni torches, y que no podemos predecir el futuro, no nos queda más opción que seguir valientemente hacia delante (adelante, siempre adelante, plus ultra, further beyond) esperando ver los remolinos y las corrientes a tiempo para sortearlos como mejor podamos (‘tis not over till it’s over…). Os preguntáis, ¡cuántas veces no habré escapado a la muerte sin ni siquiera darme cuenta! Y recordáis aquellas veces en que sí os disteis cuenta -¿demasiadas? ¿calculáis el porcentaje?- llenos de pavor. Pero escapar a la muerte es bueno, si, lo es. Yo escapé tres veces a la muerte (que yo sepa, claro) y pensar en ello me da un poco de risa, mariposas en el estómago, chispitas en la cabeza. Qué bien, me digo, y a continuación me pongo a buscar más páginas en Internet que me den la solución que busco. ¡El gobierno no puede nada contra mi, porque escapé a la muerte! ¡Jo-jo! Por eso llevo siempre el signo ese que os hace tanta gracia, para recordarme a mi misma que al alcance de la mano tengo un souvenir que me dice, vivirás eternamente. Y aunque los entendidos en materia creáis que es el signo de la muerte (asociación neil-gayesca) en realidad la paradoja está en que es justo lo contrario…¡es el signo de la vida, la muerte lleva al cuello el signo de la vida! Y cuando los trámites burocráticos se hacen demasiado espesos, o cuando los idiomas no me alcanzan, como ahora, o cuando no entiendo un horario de trenes, o no contestas a mis mensajes, cuando no doy la talla, cuando no se qué escribir, cuando me siento sola y abandonada, dejada de la mano de dios (si, van god los, así se dice), godforsaken, o dejada de mi propia mano, cuando me miro al espejo y no veo la forma triunfante de mis sueños sino la personificación de mis pesadillas en esta imagen de un yo débil, un yo patético, yo sin recursos, yo perdida y yo atontada en la inmensidad de los arrecifes europeos, cuando todo esto se me acumula debajo de los ojos, es un acto sinusíticamente reflejo, me llevo la mano al cuello et voilà, me siento un poco menos vulnerable y un poquito más valiente (es un símil del “resplandor” de la historia interminable, que decía en su reverso, “haz lo que quieras”…). Y hago lo que quiero. 

Porque los símbolos tienen poder, el poder que nosotros mismos les damos. Y mientras me decís que “pseee” con la cabeza, vais guardando todos esos objetos inservibles a vuestro alrededor, el peine roto que me compré en aquél sitio, la factura del primer café al que me invitaste, una palabra que me inventé mientras pensaba en ti…oh si, cajas y cajas de objetos guardamos, y creemos que es falacia decir que podemos darle poder a un objeto, mientras ellos nos arrebatan poder a nosotros cada día, y nosotros, en nombre de la bienamada memoria, lo permitimos con benevolente sonrisa. Pero todo volverá a ir bien. Porque si no, no tendría ninguna gracia. Las puertas se abrirán otra vez lo justo para dejarte pasar de estranquis. Las palabras vendrán a ti. La burbuja volverá a enseñar tus sueños. Los mensajes serán contestados. Entenderás los horarios de trenes. Te reirás mucho y te acordarás con dulzura de los días en que te sentiste sola. Seguirás yendo adelante hasta el próximo obstáculo. Conocerás nuevos amigos increíblemente nuevos y te acordarás con placer de los poquitos que aún te esperan y te preguntarás con retintín si estos también durarán, o no, o cuánto. Cuáles desaparecerán en la niebla y cuáles no. El reloj irá marcando el tiempo, y el tiempo será bueno, bueno mientras tengas un libro, un diccionario o un gato en tu regazo, con la lluvia en la ventana, bueno mientras una toalla calentita te espere al volver de una excursión nocturna por estas calles que nunca acabarás de conocer. Bueno mientras ves una película y lloras, protegida por la oscuridad apestosamente aterciopelada. Bueno mientras te espero en el aeropuerto o en la estación de tren, y llego siempre muchos minutos antes, a veces incluso una hora antes, para simplemente sentarme y esperar a que vengas sabiendo que vendrás. Esperar, bueno, pensar, bueno, ayunar, bueno. Pasearás por estas calles que son más tuyas porque nunca fueron tuyas, tuyas porque un día tú les dijiste, “shh, es un secreto, me pertenecéis y os pertenezco”. Dejarás que la lluvia del norte te haga cosquillas mientras te acuerdas de las tormentas del sur, y te reirás, porque la lluvia del norte te trae noticias de su hermana sureña, y todo va bien. Y soñarás con el fin del mundo, cataratas de agua salada e inundaciones, diques rotos y gente chillando, bebés en los tejados, y sonreirás porque no puedes decirle a nadie lo maravilloso que es pensar en todo esto mientras rezas para que pase mientras aún eres joven y te quedan fuerzas para nadar, e imaginas las historias que pasarán, y las haces tuyas, y cuando te preguntan, en qué piensas, podrás decir “en el fin del mundo” y nadie te creerá. 

Y serás feliz, aún más feliz que ahora. Porque los que andan su propio camino son felices. No los que se quedaron a esperar que algo cambiase, pero si los que esperan a alguien en las estaciones de tren. Porque un día escogiste, y el dolor de tu elección y todo eso que dejabas a cambio de una oportunidad para volar, te hizo nacer alas de sangre coagulada. Y hasta cuando eres más feliz, sientes siempre el dolor de lo perdido. Pero cuando más triste estás, también tienes el placer de todo lo ganado. Y siempre ríes, y siempre lloras. Y te sientas a escribir paridas mentales, y disfrutas pensando en lo mucho que se van a aburrir los que lo lean.  ¡Haz lo que quieras!

A.

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