(Sin embargo)

By engatussada

Yo siempre tuve razón, lo supe desde el primer instante en que formulé mi primer pensamiento. Parecía tan imposible que pudiese ser de otra manera. Y es que lo sentía muy adentro, como cuando tienes sed sabes que tienes sed, cuando quieres un cigarrillo, cuando tienes la sensación de que te están mirando, y si, te están mirando, así lo sabía. Y si los demás insistían en equivocarse, ¿qué podía hacer yo? Pelearme no, era apenas una niña, y además muy tranquila, nunca me escuchaban ni me escucharían. Luego crecí demasiado despacio, para cuando había alcanzado la talla de los adultos ya me había cansado de llevarles la contraria y les seguía la corriente. 

Sigues la contraria. Llevas la corriente. 

Soy una persona de principios: no quiero hacer sentir a nadie como un idiota, y sólo te llevaré la contraria si pienso que mereces la pena. En eso me parezco a los holandeses, aunque pensaba que ese país era un invento fantasioso de mi padre, luego resultó que no. El truco es muy fácil: di que si a todo y luego haz lo que te de la real gana. Eso los bloquea momentáneamente, y en ese instante de indecisión todas las cartas son tuyas. Cógelas y no las sueltes: recuerda que ya te han dicho que si. 

Cuanto más descabellado el plan, más posibilidades de que esa sea la buena ruta. O como dicen en el señor de los anillos, cuánto más cerca del peligro, más a salvo estarás. ¿Por qué hacer el camino fácil, el que todo el mundo transita, el que tiene semáforos, peajes y zonas verdes de descanso? Puedes dar un rodeo, ver otros paisajes y evitar el tráfico de hora punta que agobia tu existencia. 

Si al fin y al cabo, todos vamos hacia el mismo agujero. Haz tu propio trayecto: que les jodan a los que se quedan sentaditos en la silla que compraron con sus ganas de vivir. Si cumples sus normas, ¿serás más feliz? El precio a pagar es muy pequeño comparado con ese atardecer. 

Yo dije que quería volar, y que volaría. Que sería exploradora en África, recorrería América a pie, buscaría oro, encontraría indios, vería los pueblos sin nombre de las civilizaciones olvidadas. ¡Malditos los que no me dejaron ser hombre hace tres siglos para embarcarme así sin más hacia el nuevo mundo! Me tocó ser mujer moderna y tuve que aprender a ir despacio cuando todo en mi gritaba, más rápido, más rápido. 

Pero yo había sabido siempre que tenía razón. ¿Qué importaba que dijesen, cuidado, por ahí no, cuidado, ese perro muerde, cuidado, esto es peligroso? 

Y cuando crea que dude, recuérdame que es sólo un espejismo, que siga yendo hacia delante, más lejos, hasta el maldito fin del mundo. Y no dejes que me conforme con menos, porque menos no es más.  

Recuérdame que cuando todo está de más, siempre queda un último “sin embargo” bajo el que refugiarte. Que sin embargo, se mueve.

A.

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