Arxiu de Abril, 2007

Tripping baby

Dimarts, 10 Abril 2007

perdón por usar una de tus bonitas fotos sin permiso

I was in the train for 2 hours and I had time to read two newspapers, a chapter of a book, use eye-liner without piercing my eyeballs and write some unoriginal thoughts. Trains rule, and I’m a tripping baby.

No pueden quitarte el último trocito de libertad porque para construir un centro comercial hay que derruir otros, o al menos, dejar de usarlos. Por eso, mientras sigan construyendo, siempre nos quedarán pequeñas islas de desolación, desiertos en tránsito, lugares temporales que no figuran en ningún mapa espacial pero que habitan en las coordenadas temporales en las que nos movemos. Somos los dueños de los descampados, herederos de los parques sin niños, de las callejas pestilentes, las zonas prohibidas de prostitución y los espacios vacíos entre las vías del tren. Podéis quedaros con Mango, Armani, Nike y Calvin Klein, con los cines multisalas, con vuestros simuladores de realidad. Pero no podéis construir historias verdaderas, por eso las buscáis en los falsos espacios construidos para detener ese angustioso tiempo libre. Y nosotros heredaremos la tierra.  Nos abrumáis con miles de leyes nuevas cada año, desconfigurando nuestra precaria, frágil y falsa seguridad. Flaqueamos ante ese absurdo desconocimiento de una ley que no nos protege, cuyo desconocimiento, sin embargo, no nos exime de su cumplimiento. En el infinito aparato burocrático no hay culpables a quienes acusar de nuestras desdichas y ni siquiera nos queda la satisfacción de un duelo cara a cara, un desafío a muerte contra una sociedad opresora que castiga a los que así la llaman con la eterna vergüenza del aislamiento social. Cualquier protesta o contra-acción es inútil pues un cuarto poder se ha instaurado para proteger al estado de su único enemigo: el mismo que lo instituye, el pueblo. Un cuarto poder que desmitificará, ocultará, denigrará o simplemente usará para su propia conveniencia cualquier movimiento social, cualquier acción, cualquier evento noticiable. Los medios de comunicación se nutren de tus contra-acciones y regurgitan las calorías en la hambrienta boca del estado, y cuantas más acciones emprendes, más fuerza le das. La comunicación se ha convertido en el filtro de lo adecuado, en el instrumento de normalización ideológica, en el adjetivo todopoderoso que acompaña al titular.  Nuestro sentimiento de desazón no es ni siquiera una idea, y sin embargo sobrevive, adapta nuevos nombres, muta en nuevos líderes y se niega a morir. Brujas, feministas, marxistas, comunistas, anarquistas, socialistas, obreros o rebeldes, burgueses o revolucionarios, la historia nos demuestra lo que en el fondo ya habíamos intuido con dolorosa pero inexpresable claridad: que es inútil seguir el camino de la acción. Inútil porque aunque logremos las mejoras que pretendíamos (poco probable), y a sabiendas de que para conseguirlo habrán de vertirse necesariamente ríos de sangre, en la sociedad todo tiende siempre – igual que en la química todo tiende siempre a la entropía- a la injusticia.   Que unos pocos se queden con todo es una idea que va más allá de la teoría atómica: es una realidad que se repercute, se expande, se perfecciona siglo tras siglo e incluso una temporada televisiva tras otra. ¿Y qué hacer ante esta ansia de poder tan característica a nuestra especie que corroe todos nuestros buenos propósitos? Nos engañan cuando amansan nuestra rabia visceral, nuestros chillidos descoordinados que claman por un cambio imposible, diciéndonos que hemos ido a mejor. No hemos ido a mejor: la riqueza no se ha repartido, sino que ha aumentado; las barreras no se han eliminado, solo se han expandido hasta donde no podemos verlas, creando la ilusión de que no existen. Que no veas la muralla, ¿significa eso que no la haya? Europa y Norteamérica se alzan en fortalezas impenetrables tras sus espesas alambradas y sus interminables vías muertas de acceso. Todo ha sido maquillado y vivimos en una perpetua ilusión de igualdad, hermandad y fraternidad impresa en las monedas de todos y en los corazones de nadie, ilusión proyectada en cada pared y en cada pantalla de plasma, proclamada en estéreo, cantada en mil cadenas, ilusión nonetheless. A los zares de Rusia les ocultaban la pobreza pintando enormes murales a lo largo del río para que cuando se desplazaran en barca no viesen ni a un solo e inconveniente miserable de los muchos que abundaban. Pero nuestras calles están llenas de deshechos humanos (aquí y ahora), deshechos que no vemos, pues gracias a dios (in god we trust!) nuestra atención ya habrá sido captada por un videoclip o por una tienda de gofres. Pero están ahí, y nos dan miedo, tememos acabar como ellos. Por eso preferimos no mirar, y aunque quisiéramos mirar, tampoco podríamos, pues nuestra atención ya habría sido desviada por mil banalidades en technicolor. Tan frágiles somos, tan frágil nuestro entorno, tan desprotegidos estamos, que el concepto de la solidaridad es apenas el eco de una burla, aceptable apenas para las convenientemente remotas y también burocratizadas ONGs. Tememos despertar un día y que alguien nos rompa el corazón, tememos que entonces nos invada una tristeza tal que las santísimas convenciones (todas esas cosas tan importantes) dejen de importar y que, en un ataque de locura, nos deshagamos de todo. Sabes que ese paso puede estar muy cerca, angustiosamente cerca, que has de recurrir a todo tu autocontrol para no darlo. Tu pequeño castillo puede derrumbarse en cualquier momento y de repente te encontrarías en la calle, frío, solo, con hambre, y lo peor de todo: rechazado.  ¿O acaso verdaderamente te has engañado hasta tal punto como para creer que a ti no puede ocurrirte? ¿Tan fuertes son tus defensas, tu castillo protector? ¿Y quién te protegería? ¿Los que guardan las convenciones que deseas romper? ¿Los que te han convertido el corazón en astillas? ¿Los amigos cuyas fotos cuelgas en tu fotolog? Acaso existe algún lugar, lejos de aquí, donde no sientas en tu corazón, campo de injusticia, germinar la semilla del odio. Allá donde no haya sociedad, no habrá injusticia. Pero tampoco es eso lo que quieres, ¿verdad? Temes reconocer que tú mismo llevas en ti la semilla, que tú eres el potencial de lo mismo que detestas. ¿Adónde irás? No puedes huir de ti mismo, ni de los genes que te impelen a propagar tu especie.  Y es que vayas a donde vayas, seguirás siendo tú.   A.