Nos hemos quedado atascadas en el impas crepuscular que hay entre el pasado y el futuro, entre las obsesiones y las ganas de empezar de cero o al menos de uno, quizá de escoger por ti misma a qué tienes ganas de dedicar tu vida en vez de comprar un propósito por internet tras haber mirado la foto de archivo por encima, esperando a reunir el dinero suficiente para pagar el peaje que da acceso a la autopista de las ilusiones donde todo va tan deprisa. Y que te requisen el cuerpo en busca de miserias cuidadosamente cultivadas durante años, meros ponys, porque por esta puerta hay que pasar limpio.
Yo por mi parte voy a acabar lo que he empezado, no porque me lo pida el guarda de seguridad, sino porque sólo así puedo saltar la verja sin remordimientos. Me miro las manos, manos que pueden, en todas partes veo manos cargadas de potencial para construir casas y proyectos. A un paso de dar el silencioso siquiero, me maravillo de que todavía queden tantísimas ciudades en pie, de todos vosotros que lucháis cada día contra la desilusión manteniéndoos firmes en vuestra solitaria isla con la esperanza de que caiga ese coco y sea como el pistoletazo de salida para coger la barca y navegar los siete mares. Han pasado años pero a base de ingenio y paciencia has conseguido romper el puto coco y comprobar que es más dulce aún de lo que imaginabas. Y la espera ha valido la pena y ahora que cruje la cáscara casi desearías alargarla un poco más para saborearla como se merece.
El cascarón se quiebra, se rompe, se cae en pedazos y es hermoso ver la explosión, como asistir a la deflagración de un astro. Y cómo me divierte escribir culebrones, cómo me divierten mis frases y cómo me pregunto qué va a pasar cuando deje libres los dedos para que por fin corran sobre el teclado al servicio de mi yo más monstruosa, verdadera, temible, freak, que digan lo que quieran, que digan lo que quiero mientras el resto del mundo y sus pulcras morales se van a la mierda. No lo ves que ya son libres y cuentan todo.