
foto de http://www.screamingstones.co.uk/
Se ha convertido en el reality show más espectacular de Europa, además de en un muy buen negocio que hasta tiene marca propia. Los periódicos comprendieron la potencia del material mucho antes que los propios protagonistas y ahora le dedican su peligrosa atención en sus secciones diarias. No se vosotros, pero yo lo sigo paso a paso con el corazón en vilo en el 20 minutos: es delicioso. Mientras el mundo se derrumba sobre si mismo y el petróleo alcanza definitivamente su peak, mientras la ruta del hielo se abre por primera vez desde la separación de los continentes, mientras me voy enterando frase a frase y con cara de tonta de las barbaridades institucionalizadas de occidente, mientras mi ciudad entra en la fiebre tiránica del civismo impuesto, mientras todo esto, ya somos millones de personas a los que nos importa tres cominos y preferimos seguir el caso Maddie. ¿No es genial? Todo el mundo habla de Maddie, yo la primera, todos teorizamos, comparamos, leemos y practicamos nuestras capacidades detectivescas en el largo y amplio vacío que nos dejó la ausencia de Sherlock Holmes. Decía El País en un artículo de un día de estos que este follón llamado Maddie parecía escrito por un mal guionista. No podría estar más en desacuerdo. Llevamos cuatro meses de reality en la prensa escrita, que parece haber encontrado (¡al fin!) su auténtica vocación anteriormente suplantada por el disgustante Big Brother televisivo, y todavía no nos hemos cansado de ello: señoras y señores, eso es puro arte. ¿Y es que a quien le importan las menudencias dramáticas de GH si podemos especular en directo sobre una tragedia real? Los McCann lo están pagando bien caro por su astucia y por su dinero. En cierto modo, es justo pensar que el poder encuentra también su contrapoder, y que la bola que ellos mismos lanzaron a un mundo al que no podía importarle menos qué había sido de su hija se rebota ahora contra sus mismos autores. Inocentes o culpables, nada de esto importa, porque todo el mundo debería saberlo ya, que el que juega con los medios, se quema. Nada de esto me importa si la diversión continúa un par de meses más, y cuánto más, mejor. El misterio irresoluble de la inexplicable desaparición de la niñita nos fascina, es brillante, de novela. Suponemos que está muerta aunque no nos disgustaría un repentino final feliz si la encontrasen en un sótano portugués. Suponemos que los asesinos fueron los padres, y hay en ello un salvaje deseo de venganza mal contenido, venganza contra la eterna colisión de clases, contra el descaro de unos representantes encarnados de la desigualdad social que veraneaban felizmente (en mayo) en un complejo turístico-playero, pijo dónde los haya, y que no sólo descuidaron a sus hijos, sino que además tuvieron la prepotencia de pensar que su patria cadena Sky sería más eficiente en la resolución del caso que las fuerzas del orden portuguesas. Mientras miles de padres en el mundo se tragan como pueden la amarga desaparición de sus hijos, nuestros queridos británicos ondearon su pasaporte, hicieron un par de estratégicas llamadas a su muy bien conectada familia y se autodefinieron como el centro del mundo. Y vaya si lo consiguieron. Esperamos con impaciencia el desenlace.

