Se nos echa el invierno encima a los que nos hemos quedado en la ciudad de las luces. Me rehúso a caer en depresión pese a que el tiempo acompaña y en las horas sin luz empiezo a sentirme cual verdilingüe extraterrestre. Agito confiadamente mis antenitas al viento. Oh, la crisálida se quiebra. Doy golpecitos neuróticos a las ventanas del tren y me crujen los huesos. Me muerdo las uñas más que nunca mientras somatizo dolencias impensables y vuelvo a tener mis viejos e incómodos dieciocho añitos. Qué confusión. Soy como un pingüino reumático en una encrucijada de caminos. Mi mapa mental se desmiembra tirado por mil caballos. Soy ese árbol a la salida de la ciudad. Soy el salvaje de los bosques urbanos. Bajo las sábanas encuentro escamas de la vieja piel y la ropa se me hace ajena, como si me contuviera ella a mí en vez de llenarla yo a ella. Hay una tormenta de colores exquisitamente saturados dentro de mí y por fuera parezco una estatua rupestre. Exactamente como a los dieciocho.
Creo que estoy mutando. Sólo que no sabemos en qué.
Bajo el agua los movimientos de la ciudad pierden el tiempo. Contemplo desde el interior la ventana al mundo. Ha sido un largo despertar y me desperezo en el abandono de una primera vez jamás registrada. Los tiempos verbales se convierten en asombrosos juguetes y las combinaciones semánticas prometen la improbable llave del principio del camino. Hago poesía cuando quiero hacer periodismo y mis poemas se transmutan en manifiestos revolucionarios. La amenaza gigante de una terrible pérdida se cierne sobre la ilusión ilimitada de un Nuevo Mundo. Mirando el cielo, así, detenida entre el tiempo y los sentimientos, la duda se convierte en un brutal himno a la libertad, la soledad pierde peso, todo se confunde para bien. En el dolor se revelan los anhelos y en los deseos se muestra la pérdida. Las palabras comienzan a quebrar la imposible realidad. Límpida, lúcida. Más allá de las mentiras semi-digeridas, más allá de la falsa autocompasión, del otro lado de la burbuja hay lo que he andado buscando. Sin peajes. ¿Sin peajes?
No sabemos si voy a ser niño o niña.
Barajo la posibilidad de que esta sea la última confesión que escriba. No se hasta qué punto una puede creerse sus propias promesas. Me has seguido paso a paso, me has visto convertirme en esto. Quizá ya no quiera revelarme más. Nunca será suficiente. Hoy, mientras occidente se sumerge en su rutina diaria de caminos triangulares, dejo que pasen las horas a través de mí sin sentir la tristeza característica del tiempo malgastado. De una bofetada a cámara lenta, la casa se derrumba. La temporalidad me abruma y desmiembra las inutilidades con las que he llenado mis espacios de vida. Tantos miles de días me ha llevado asumir mi cargoso talento que han parecido el doble. El liberador sentimiento de culpa se diluye. El mundo se repone tras el terremoto y se asiente de forma imperceptiblemente distinta. Asumo que mis palabras no podrán describirlo y que eso apenas importa. Bajo la amenaza de perderlo todo, el miedo retrocede hasta ser la diminuta cucaracha que se esconde tras los pesados armarios del inconsciente. Intocada hasta ahora por el dolor, limpia de significados ocultos. Salir afuera es quizá asumir la posibilidad del cambio.
Y se quiebra la cáscara.
