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Cáscara

Dimecres, 17 Octubre 2007

Se nos echa el invierno encima a los que nos hemos quedado en la ciudad de las luces. Me rehúso a caer en depresión pese a que el tiempo acompaña y en las horas sin luz empiezo a sentirme cual verdilingüe extraterrestre. Agito confiadamente mis antenitas al viento. Oh, la crisálida se quiebra. Doy golpecitos neuróticos a las ventanas del tren y me crujen los huesos. Me muerdo las uñas más que nunca mientras somatizo dolencias impensables y vuelvo a tener mis viejos e incómodos dieciocho añitos. Qué confusión. Soy como un pingüino reumático en una encrucijada de caminos. Mi mapa mental se desmiembra tirado por mil caballos. Soy ese árbol a la salida de la ciudad. Soy el salvaje de los bosques urbanos. Bajo las sábanas encuentro escamas de la vieja piel y la ropa se me hace ajena, como si me contuviera ella a mí en vez de llenarla yo a ella. Hay una tormenta de colores exquisitamente saturados dentro de mí y por fuera parezco una estatua rupestre. Exactamente como a los dieciocho. 

Creo que estoy mutando. Sólo que no sabemos en qué. 

Bajo el agua los movimientos de la ciudad pierden el tiempo. Contemplo desde el interior la ventana al mundo. Ha sido un largo despertar y me desperezo en el abandono de una primera vez jamás registrada. Los tiempos verbales se convierten en asombrosos juguetes y las combinaciones semánticas prometen la improbable llave del principio del camino. Hago poesía cuando quiero hacer periodismo y mis poemas se transmutan en manifiestos revolucionarios. La amenaza gigante de una terrible pérdida se cierne sobre la ilusión ilimitada de un Nuevo Mundo. Mirando el cielo, así, detenida entre el tiempo y los sentimientos, la duda se convierte en un brutal himno a la libertad, la soledad pierde peso, todo se confunde para bien. En el dolor se revelan los anhelos y en los deseos se muestra la pérdida. Las palabras comienzan a quebrar la imposible realidad. Límpida, lúcida. Más allá de las mentiras semi-digeridas, más allá de la falsa autocompasión, del otro lado de la burbuja hay lo que he andado buscando. Sin peajes. ¿Sin peajes? 

No sabemos si voy a ser niño o niña. 

Barajo la posibilidad de que esta sea la última confesión que escriba. No se hasta qué punto una puede creerse sus propias promesas. Me has seguido paso a paso, me has visto convertirme en esto. Quizá ya no quiera revelarme más. Nunca será suficiente. Hoy, mientras occidente se sumerge en su rutina diaria de caminos triangulares, dejo que pasen las horas a través de mí sin sentir la tristeza característica del tiempo malgastado. De una bofetada a cámara lenta, la casa se derrumba. La temporalidad me abruma y desmiembra las inutilidades con las que he llenado mis espacios de vida. Tantos miles de días me ha llevado asumir mi cargoso talento que han parecido el doble. El liberador sentimiento de culpa se diluye. El mundo se repone tras el terremoto y se asiente de forma imperceptiblemente distinta. Asumo que mis palabras no podrán describirlo y que eso apenas importa. Bajo la amenaza de perderlo todo, el miedo retrocede hasta ser la diminuta cucaracha que se esconde tras los pesados armarios del inconsciente. Intocada hasta ahora por el dolor, limpia de significados ocultos. Salir afuera es quizá asumir la posibilidad del cambio. 

Y se quiebra la cáscara.

Maddie’s madness

Diumenge, 23 Setembre 2007


foto de http://www.screamingstones.co.uk/

Se ha convertido en el reality show más espectacular de Europa, además de en un muy buen negocio que hasta tiene marca propia. Los periódicos comprendieron la potencia del material mucho antes que los propios protagonistas y ahora le dedican su peligrosa atención en sus secciones diarias. No se vosotros, pero yo lo sigo paso a paso con el corazón en vilo en el 20 minutos: es delicioso. Mientras el mundo se derrumba sobre si mismo y el petróleo alcanza definitivamente su peak, mientras la ruta del hielo se abre por primera vez desde la separación de los continentes, mientras me voy enterando frase a frase y con cara de tonta de las barbaridades institucionalizadas de occidente, mientras mi ciudad entra en la fiebre tiránica del civismo impuesto, mientras todo esto, ya somos millones de personas a los que nos importa tres cominos y preferimos seguir el caso Maddie. ¿No es genial? Todo el mundo habla de Maddie, yo la primera, todos teorizamos, comparamos, leemos y practicamos nuestras capacidades detectivescas en el largo y amplio vacío que nos dejó la ausencia de Sherlock Holmes. Decía El País en un artículo de un día de estos que este follón llamado Maddie parecía escrito por un mal guionista. No podría estar más en desacuerdo. Llevamos cuatro meses de reality en la prensa escrita, que parece haber encontrado (¡al fin!) su auténtica vocación anteriormente suplantada por el disgustante Big Brother televisivo, y todavía no nos hemos cansado de ello: señoras y señores, eso es puro arte. ¿Y es que a quien le importan las menudencias dramáticas de GH si podemos especular en directo sobre una tragedia real?  Los McCann lo están pagando bien caro por su astucia y por su dinero. En cierto modo, es justo pensar que el poder encuentra también su contrapoder, y que la bola que ellos mismos lanzaron a un mundo al que no podía importarle menos qué había sido de su hija se rebota ahora contra sus mismos autores. Inocentes o culpables, nada de esto importa, porque todo el mundo debería saberlo ya, que el que juega con los medios, se quema. Nada de esto me importa si la diversión continúa un par de meses más, y cuánto más, mejor.  El misterio irresoluble de la inexplicable desaparición de la niñita nos fascina, es brillante, de novela. Suponemos que está muerta aunque no nos disgustaría un repentino final feliz si la encontrasen en un sótano portugués. Suponemos que los asesinos fueron los padres, y hay en ello un salvaje deseo de venganza mal contenido, venganza contra la eterna colisión de clases, contra el descaro de unos representantes encarnados de la desigualdad social que veraneaban felizmente (en mayo) en un complejo turístico-playero, pijo dónde los haya, y que no sólo descuidaron a sus hijos, sino que además tuvieron la prepotencia de pensar que su patria cadena Sky sería más eficiente en la resolución del caso que las fuerzas del orden portuguesas. Mientras miles de padres en el mundo se tragan como pueden la amarga desaparición de sus hijos, nuestros queridos británicos ondearon su pasaporte, hicieron un par de estratégicas llamadas a su muy bien conectada familia y se autodefinieron como el centro del mundo. Y vaya si lo consiguieron. Esperamos con impaciencia el desenlace.